¿Por qué el monoteísmo?
Jean Soler*
Traducido por Carlos Viveros Torres
¡Dichosos los investigadores que
estudian a los dioses griegos o a los egipcios! No se arriesgan demasiado a que
sus creencias religiosas desvíen su juicio o a que sus análisis críticos ofendan
la fe de sus lectores, puesto que ya nadie cree desde hace mucho tiempo en Zeus
o en Osiris. Sin embargo, sucede otra cosa con la deidad a la que llamamos
“Dios”, la cual tiene todavía tres mil millones de fieles alrededor del mundo.
No obstante, parece indispensable, para la aproximación científica de las
religiones, no hacer ninguna diferencia entre estas divinidades. Los dioses son
personajes históricos que aparecen un día, viven por periodos de tiempo
distintos −tan largos como haya hombres persuadidos de su existencia− y
terminan por desaparecer o por fundirse con otros númenes.
La cuestión
que me ha ocupado[1] es la de
comprender desde cuándo y por qué los judíos de la Antigüedad admitieron como
un dogma que no hay y no puede haber más que un solo dios, mientras que, hasta
ese entonces, en todas las sociedades que nos son conocidas, el mundo divino se
caracterizaba por la pluralidad y la diversidad de seres sobrenaturales.
Enunciar el
problema en estos términos suscita resistencias −incluso en el medio
universitario he tenido experiencia de ello− pues resulta evidente a los ojos
de los creyentes que Dios, ese dios, el Único, el “Dios verdadero”, ha existido
toda la eternidad, y que los hombres siempre lo han sabido, de forma más o
menos oscura. Los adeptos de las tres religiones monoteístas consideran
entonces completamente normal que Dios, por razones que sólo él conoce, se haya
revelado a uno de los pueblos, el de los hebreos, y más precisamente a uno u
otro de sus miembros, primero a Abraham, luego a Moisés, como la Biblia lo
atestigua, para ayudar a la humanidad a adquirir un conocimiento más claro de
su existencia y de sus deseos.
Esa posición,
que parece inapelable desde la óptica de los creyentes, ya no se sostiene
actualmente a causa de los descubrimientos hechos por la investigación
científica. En efecto, no solamente la existencia de Abraham y de Moisés es
puesta en duda (los arqueólogos no han encontrado, por ejemplo, ningún indicio
de la estancia de todo un pueblo en el desierto del Sinaí[2]),
sino que la divinidad que se dirigió a Abraham y a Moisés no es el Dios Único,
de acuerdo con el texto hebreo de la Biblia, leído sin ideas preconcebidas. Se
trata de un dios entre otros llamado “Iahvé” (poco importa cómo se pronunciaba
su nombre y cómo se transcribe a nuestras lenguas). Ese hecho, pues es un
hecho, se encuentra disimulado por la ilusión retrospectiva que proyecta sobre
un pasado lejano y mayoritariamente mítico nuestras convicciones sobre el Dios
Único, ilusión mantenida por el hábil truco de desaparecer la palabra “Iahvé”
de las traducciones de la Biblia, para reemplazarla por las palabras “Dios”,
“el Señor”, o “el Eterno”, términos que designan hoy en día, sin equívoco, al
Dios de la creencia monoteísta[3].
¿Cómo se
expresa el relato bíblico en el que ese dios se comunica con Abraham, que se
llama todavía Abram, por primera vez? “Iahvé dijo a Abram: Vete de tu tierra,
de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti
haré una nación grande y te bendeciré” (Génesis 12, 1-2). De entrada, Abraham
es presentado como el ancestro de un pueblo prometido a un gran destino: lo
llamamos el “pueblo elegido”. Y la bendición del dios –que no dice en ningún
momento que es el único dios verdadero− se traducirá en la concesión de tierras
a unas tribus nómadas para que puedan hacerse sedentarias: la “Tierra
prometida”. Ésta es la primera mención dentro de la Biblia de un contrato
realizado entre un dios y un pueblo, de una alianza según la cual, si la comunidad
permanece fiel a esa deidad, ésta lo favorecerá por encima de todas las otras naciones.
Ese contrato fue renovado, según afirma la Biblia, algunos siglos más tarde,
con Moisés. ¿Qué es lo que dice el dios al profeta cuando se dirige a él por
primera vez, del fondo de un arbusto que arde sin consumirse? “Yo soy el dios
de tus ancestros, el dios de Abraham, el dios de Isaac, el dios de Jacob”
(Éxodo 3, 6) Se trata siempre de un dios étnico, el cual revela a Moisés, como
señal insigne de favor, su verdadero nombre, “Iahvé”, y se preocupa antes que
nada de salvar a su pueblo de la esclavitud a la que se encuentra reducido en
Egipto. Ni en ese episodio ni en los posteriores, en el trascurso de los
encuentros que tendrá Moisés con Iahvé sobre el monte Sinaí, el dios no se
presenta como el único dios que existe, un dios universal que sería el de todos
los pueblos y se preocuparía de la suerte de la humanidad. En La ley de Moisés, mostré que las
prescripciones que da el dios al profeta, comenzando por los Diez Mandamientos,
no son los imperativos de una moral universal, sino reglas de conducta
destinadas a asegurar la unidad y la cohesión del pueblo hebreo en vista de su
supervivencia.
Este tipo de
religión no es específica de los israelitas (los descendientes de Jacob, apodado
Israel). Lo encontramos en todo el Oriente Próximo antiguo, desde mucho antes
de que los hebreos entraran a la Historia, como lo atestiguan las numerosas
inscripciones descubiertas en Mesopotamia. Alrededor del año 2025, por ejemplo
−cerca de ocho siglos antes de Moisés, si es que éste existió y si vivió, como
se asegura, a mediados del siglo XIII−, algunos textos dan testimonio de un
pueblo desconocido hasta entonces que dice venerar a un dios igualmente
desconocido, “Assur”. El dios y el pueblo realizaron una alianza tan estrecha
que este último se define por el apelativo de “asirios”, los fieles del dios Assur,
los cuales designaron además a su capital con el mismo nombre de la deidad, “Assur”.
Un poco más tarde, en la misma región, los babilonios adoptaron por dios
protector a “Marduk”. Ahora bien, tanto las inscripciones como los vestigios de
santuarios prueban que estos dos pueblos veneraban al mismo tiempo a otras
divinidades. Nos encontramos con una forma de politeísmo que hoy nombramos, con
un término que no ha entrado todavía en los diccionarios, “monolatría”. La
monolatría es el culto rendido a una deidad por encima de las demás, pero sin
negar la existencia de los otros dioses, de los cuales algunos tienen también
una relación privilegiada con pueblos distintos. Los judíos de la Antigüedad no
hicieron más que imitar lo que veían practicar entorno a ellos al ligar su
suerte a una divinidad tan oscura como Marduk o Assur, pero de la que esperaban
la misma protección: se espera que un dios desconocido o marginal pueda
consagrarse por entero a uno, mientras que un dios célebre, solicitado por
muchos pueblos, podría desatenderlo o dar su preferencia a otros. Un profeta
bíblico, Miqueas, que vivió en Jerusalén en el siglo VIII antes de nuestra era,
es muy consciente de esta situación: “Todos los pueblos caminan cada uno en el
nombre de sus dioses, pero nosotros caminamos en el nombre de Iahvé, nuestro
dios, para siempre jamás” (Miqueas 4, 5). Esto no impide que los israelitas,
siguiendo el ejemplo de los asirios y de los babilonios, tuvieran otros dioses,
entre los que destaca Baal, e incluso una diosa, compañera de Iahvé, Ashera,
como atestigua la Biblia, si se la lee sin ideas preconcebidas, y como lo
confirman inscripciones descubiertas recientemente en Israel, que hablan de
“Iahvé y su Ashera”[4].
Cualquiera
que sea el rol desempeñado por los otros dioses, cada pueblo le atribuye sus
éxitos, sobre todo sus éxitos militares, al dios con el cual ha hecho alianza,
y tiende a pensar que su dios es el más grande de todos. Lo vemos en las inscripciones
mesopotámicas. Lo constatamos igualmente en la Biblia. Después del pasaje del
Mar Rojo, que es presentado como una victoria conseguida por los hebreos sobre
los egipcios gracias a la intervención milagrosa de su dios, Moisés y el pueblo
entonan un cántico de agradecimiento en el que dicen: “¿Quién como tú, Iahvé,
entre los dioses [elim, plural de el, “dios”]?” (Éxodo 15, 11). Esta
formulación pertenece, sin ninguna duda, al politeísmo – si no se traiciona el
texto al traducir: “¿Quién hay entre los fuertes a ti semejante, oh Eterno?”
(Biblia del rabinato francés). Este y otros muchos otros pasajes prueban que
“Moisés no creía en Dios”, como lo escribí, con una pizca de provocación, en La invención del monoteísmo, para hacer
entender que los textos atribuidos por la tradición a Moisés – los cinco
primeros libros de la Biblia que los judíos llaman la Tora y los cristianos el
Pentateuco – no son, casi en su totalidad, monoteístas.
En estas
condiciones, ¿cómo es que el pueblo judío se encuentra en el origen de la
creencia en un Dios único? Si ésta última no se remonta a Moisés, ¿cuándo
apareció y en qué ambiente? Para responder a esa pregunta, no podemos apoyarnos
más que en la Biblia, pues ningún otro pueblo adoptó esa religión antes que el
judío. El caso del faraón Akhenaton, que reinó un siglo antes de la época en la
que se supone que vivió Moisés, no constituye una excepción. De acuerdo con los
egiptólogos actuales, Akhenatón era un rey caprichoso que quiso imponer su dios
personal, Atón, del que sería el único representante e intérprete, lo que
implicaba excluir al clero hasta entonces todopoderoso, sobre todo el del dios
Amón de Tebas. Sin embargo, Atón no es otro que Amón, Ra, etc., el mismo dios
supremo del panteón egipcio, representante del Sol y adorado bajo nombres
diferentes según los lugares, las épocas y el curso del astro durante el día y
la noche. Es más, los himnos a Atón atribuidos a Akhenatón siguen muy de cerca
el modelo de los himnos a Amón o a Ra completamente anteriores, incluso en el
uso del adjetivo “único” para calificar al dios, con el objetivo de acentuar su
carácter excepcional, fuera de lo común, y no para decir que era el único dios
existente[5].
Lo que sea que haya sido, el culto instituido por Akhenaton no sobrevivió a la
muerte del rey. Un siglo después, su recuerdo había sido abolido y sus templos
destruidos. Moisés no habría podido escuchar de él y sobre todo no habría podido
inspirarse de su reforma, ¡puesto que el profeta hebreo no era monoteísta! El
monoteísmo real fue producido mucho después, en el seno del pueblo judío, sin
ninguna influencia directa de otro pueblo, y es sólo la Biblia la que puede guiarnos
para conocer sus razones de ser.
Aquí me
serviré de otro aporte de la investigación contemporánea. La Biblia que leemos
es un escrito casi igualmente tardío que el monoteísmo, completamente posterior
a lo que dejaba pensar la tradición e incluso a lo que pensaban todavía la
mayor parte de los especialistas hace treinta años. La arqueología israelí ha
llegado a la conclusión de que los hebreos no escribieron su lengua antes del
siglo IX o incluso del VIII. Si Iahvé hubiera escrito de su mano, en hebreo,
los Diez Mandamientos sobre dos tablas de piedra, los israelitas no hubieran
podido descifrar ese texto hasta varios siglos después. En cuanto a Moisés,
el escriba de la Tora, ¡no solamente no
creía en Dios, sino que no sabía escribir! Actualmente, es ampliamente admitido
que el primer núcleo de la Biblia, la versión inicial del Deuteronomio, el
quinto libro del Pentateuco actual, data del reinado de Josías que gobernó
Jerusalén durante la segunda mitad del siglo VII, poco antes de la toma de la
ciudad por Nabucodonosor y de la deportación de los notables a Babilonia. El
trabajo de escritura fue recomenzado durante el medio siglo que duró el Exilio
y fue continuado por varias generaciones después del regreso a Jerusalén. Todos
los textos redactados hasta entonces –incluido el siglo V, siglo de Pericles
entre los griegos – hablan de Iahvé como del dios nacional de los israelitas y
siempre hacen mención de una alianza exclusiva entre ese dios y ese pueblo. Hay
que deducir de ello que a comienzos del siglo IV los judíos todavía no se
volvían monoteístas. Entonces, ¿qué fue lo que sucedió?
La tesis que
yo sostengo es que la creencia monoteísta apareció cuando el fracaso de la
alianza se hizo patente y fue necesario encontrar una explicación creíble de
ese fracaso.
Los
israelitas estuvieron convencidos efectivamente de la superioridad de su dios
tanto tiempo como Iahvé les proporcionó victorias incontestables: la salida de
Egipto a pesar de que el ejército del faraón se había lanzado a su persecución,
la conquista de Canaán, la constitución de un poderoso reino regido por dos
grandes reyes, David y después su hijo Salomón. Por lo menos, se decía que ésos
eran los relatos que habían sido transmitidos por los ancestros. En realidad,
como lo dije más arriba, no hay ninguna prueba arqueológica de la salida de
Egipto ni de la vagancia del pueblo hebreo durante cuarenta años en el desierto
del Sinaí (tampoco hay pruebas certeras de la guerra de Troya, que habría
tenido lugar en la misma época: tanto los griegos como los judíos
reconstruyeron su pasado lejano sobre mitos). Además, los arqueólogos no han
descubierto rastros de la guerra relámpago contada por la Biblia para
conquistar Canaán: la ocupación fue progresiva y más bien pacífica, tomando en
cuenta que al menos una parte de los israelitas eran autóctonos. Más
sorprendente aún, pues entramos a partir de ahora en la Historia, no ha sido
descubierto ningún vestigio arqueológico, ningún documento epigráfico que
provenga a ciencia cierta del reino de David y de Salomón[6].
Algunos especialistas llegan a dudar de la existencia de Salomón y ya no
solamente de Abraham o de Moisés. En cualquier caso, si Salomón existió, hay
que imaginarlo como jefe de aldea más que como soberano de un importante reino
– sobre todo porque los anales de países vecinos ignoran ese estado y hasta el
nombre de Salomón. No queda sino concluir que ese personaje adquirió una
estatura emblemática en la memoria colectiva de los hebreos. Ahora bien, al
leer la Biblia – y lo que dice puede ser corroborado, a partir del siglo IX,
por otras fuentes – después del reinado de Salomón, los israelitas conocieron
desdichas sobre desdichas. Desde la muerte del rey, la mayoría de las tribus
que se habían confederado – diez de doce según la Biblia – no reconocen a su
sucesor y se separan para formar un nuevo estado, en el norte del país, con una
nueva capital, Samaria, para competir con Jerusalén. Son dos reinos rivales que
se encuentran así cara a cara y que en ciertos momentos se harán la guerra.
Para los autores de la Biblia, ésa es la primera “catástrofe” (shoah en hebreo) sufrida por el pueblo
elegido. El más populoso, poderoso y rico de los dos reinos cae muy pronto bajo
el ataque de los asirios que, a finales del siglo VIII, se apoderan de Samaria,
deportan a una parte de la población y anexan el país a su imperio. Ésa fue la
segunda catástrofe en la historia de los judíos. Habrá una tercera cuando los
babilonios, a principios del siglo VI, pongan fin al reino del sur al destruir
Jerusalén y al deportar a la élite del país. Los israelitas perdieron así la
totalidad de la Tierra que su dios, pensaban, había ofrecido a sus ancestros. Al
final del siglo VI, con la victoria de los persas sobre los babilonios, la
liberación de los exiliados y el regreso de una parte de ellos a Jerusalén, pudieron
haber esperado reconstituir el vasto reino de Salomón. Las obras bíblicas que
datan del Exilio – particularmente las profecías de Jeremías, que permaneció en
Jerusalén antes de huir a Egipto, y las de Ezequiel, deportado a Babilonia –
dan testimonio de ese sueño. Sin embargo, el sueño no se realizó. Durante los
dos siglos que duró el Imperio Persa, los habitantes de Judea no hicieron sino
vegetar, sin rey, sin ejército, sin independencia, en un minúsculo cantón del
Imperio Aqueménida, que iba del Indo al Nilo y del Golfo Pérsico al Mar Negro,
englobando una parte del mundo griego, con las ciudades de Mileto y de Éfeso.
Las inscripciones persas que enumeran los diferentes pueblos integrados al
imperio mencionan a los asirios, a los babilonios, a los egipcios e incluso a
los árabes, pero nunca a los judíos. El historiador y etnólogo griego Heródoto,
que pasó temporadas, durante el siglo V, en Persia, en Egipto y hasta en
Fenicia, en el actual Líbano, a las puertas de Israel, jamás escuchó hablar de
los judíos, de su religión ni del templo que habían reconstruido luego de su
regreso de Babilonia. No obstante, es en ese periodo, bajo la dominación de los
persas, que los judíos concibieron una religión completamente nueva, el
monoteísmo.
¿Cómo
comprenderlo? Renunciando primero a las nociones de Revelación y de Libros
sagrados, incluso si se cree en “Dios”. Los fieles del Dios único tuvieron que
admitir, en el siglo XVI, que la tierra gira alrededor del sol y, tres siglos
más tarde, que el hombre no surgió de
golpe, tal como es ahora, sino que emergió de una larga evolución de especies,
a pesar de lo que asegura la Biblia. Tendrán que acomodarse también, de ahora
en adelante, al hecho de que ningún texto bíblico afirma que Dios – el único –
se dio a conocer a un israelita, en algún momento dado, diciéndole: “No existe
más que un Dios, he ahí la Verdad en materia de religión. Te confío la misión
de poner por escrito esa Verdad, de convencer a tu pueblo de ella y de la
difundir al resto de la humanidad”. Los pocos versículos que son citados
habitualmente para acreditar esa lectura son sacados de su contexto e
interpretados a contrasentido. No se trata, ahora y siempre, que de un dios
particular que se preocupa exclusivamente de su pueblo, la etnia de los
israelitas. Y es – estoy convencido de ello –el fracaso repetido de esa etnia,
a pesar de la alianza con un dios presentado como el más grande de los dioses,
lo que originó la revolución monoteísta. Pero regresemos atrás.
La primera
“catástrofe” en la historia nacional − la escisión del reino de Salomón en dos
estados rivales – fue explicado de inmediato por los redactores de la Biblia
como la consecuencia de la infidelidad del soberano que habría tolerado,
incluso en Jerusalén, al final de su vida, el culto de otras divinidades
(Primer Libro de los Reyes, 11). La segunda “catástrofe” – la desaparición del
reino de Samaria, el más importante de los dos estados – fue justificada
igualmente por la infidelidad de sus reyes que habrían introducido el culto de
dioses extranjeros, principalmente de Baal, para competir con el dios de los
ancestros. Así, en vez de poner en duda el poder de Iahvé, se incriminó a su
pueblo. Esta reacción no es exclusiva de los hebreos. En Mesopotamia, conocemos
textos más antiguos en los que ciudades dan cuenta de los reveses que sufrieron
por un castigo de su dios. Nadie está preparado, pueblo o individuo, para poner
a su dios en cuestión y abandonarlo. Para continuar creyendo en él, se prefiere
atribuirle tanto las derrotas como las victorias. Los autores de la Biblia
piensan que, si el “pueblo de Iahvé” enfrenta desdichas, éstas son obra de
Iahvé. Se busca entonces comprender que falla cometieron los antiguos para
evitar cometerla de nuevo. Parece que es bajo el reinado de Josías, alrededor
del 620, que predominó la idea, con la esperanza de impedir que Jerusalén
padeciera la suerte de Samaria, de que Iahvé era un dios “celoso”: que no
toleraría rivales en la veneración que exigía de los israelitas – lo que prueba
por otra parte que el culto de Iahvé había cohabitado hasta entonces con el de
otros dioses, como era habitual, según lo señalé, en la monolatría de los
dioses nacionales en Medio Oriente. La monolatría no es más que una de las
modalidades de la creencia politeísta y la reforma de Josías, que exigía que el
pueblo adorara sólo a Iahvé, en un solo lugar además, el templo de Jerusalén,
no es más que una variante de la forma anterior. Datar de esa época el
nacimiento del monoteísmo, como lo hacen algunos[7],
es un error. Confunden la monolatría y el monoteísmo, el único en anunciar que
no puede existir más que un dios.
A la luz de
la nuevas perspectivas aparecidas en tiempos de Josías, se sostuvo que Iahvé
había utilizado a otros pueblos – los más crueles de entre ellos – para
castigar a los israelitas de su infidelidad. Esa idea presentaba la doble
ventaja de mantener la presunta omnipotencia de Iahvé y de no atribuir los
éxitos de los pueblos enemigos a sus respectivos dioses. Para que nadie, ni
entre los enemigos ni entre los israelitas, pudiera equivocarse al imputarle
los fracasos de estos últimos a otros dioses que Iahvé, se afirmó – Jeremías,
por ejemplo, capítulo 51 – que después de haber servido de instrumentos entre
las manos de Iahvé, esos enemigos serían castigados a su vez por haber vertido
la sangre de su pueblo. Y la Historia pareció corroborar esa convicción. En
efecto, después de destruir el reino de Samaria, los asirios fueron derrotados
por los babilonios. En cuanto a los babilonios, después de haber destruido el
reino de Jerusalén (Judea), fueron vencidos y reducidos a nada por el rey de
los persas, Ciro. Sin embargo, con los persas, todo va a cambiar. Los persas,
sin quererlo ni saberlo, van a poner en problemas la ideología bíblica.
Lejos de
castigar a los israelitas para obedecer el deseo de Iahvé, los persas los
liberaron efectivamente de su exilio en Babilonia, en el 539. Les permitieron
regresar a Jerusalén y reconstruir su templo. Todavía mejor, financiaron esos
trabajos y exentaron al clero de impuestos. Todavía mejor aun, algunas décadas
más tarde, algunos reyes persas confiaron misiones a gente de Judea que había
permanecido en el exilio, y que eran cercanos a la corte, para que fueran a
Jerusalén a prestar apoyo a la comunidad del regreso que realmente necesitaba
de ella, pues estaban muy desorganizados y en gran miseria. El propio
escanciador del rey, Nehemías, hizo dos misiones a mediados del siglo V.
Esdras, un sacerdote-escriba, llegó probablemente a principios del siglo IV.
Este último jugó un papel importante para fijar por escrito las leyes
atribuidas a Moisés y reconocidas por el poder persa para los asuntos
concernientes a los judíos (así se llama de ahora en adelante a los habitantes
de Judea y, más generalmente, a los miembros de la etnia israelita). En una
palabra, los persas se mostraron irreprochables a la vista de los judíos, al
punto de que Ciro es llamado en la Biblia el Mesías, es decir, “el ungido de
Iahvé”[8]
y de que los judíos pudieron creer durante un tiempo que los persas se darían
cuenta de que debían su victoria al dios judío y que se convertirían a él. Pero
nada de eso pasó. Los persas se comportaban con los judíos como con los otros
pueblos del imperio, ni más ni menos. Respetaban la religión tanto como las
costumbres de los pueblos sometidos. En una inscripción descubierta en 1879 en
Babilonia sobre un cilindro de arcilla, se dice que Marduk mismo, el dios
nacional del país, encomendó a Ciro, un extranjero, castigar al rey de los
babilonios por su infidelidad tomando su capital. En el mismo texto, Ciro
asegura venerar a Marduk, al que llama su “Señor”, y dice que liberó a los
pueblos extranjeros que habían sido deportados – sin hacer mención de los judíos[9].
Esa actitud de los persas corresponde bastante bien a la que tuvieron para con
los habitantes de Judea, según el testimonio de la Biblia, y a la política que
aplicaron en relación con Egipto, después de haber conquistado el país. Una
estatua de Darío descubierta en la capital iraní, en Susa, en 1972, porta una
inscripción jeroglífica en la que el rey de los persas se presenta, a imagen de
los faraones, como hijo de Ra, el dios supremo de los egipcios. No obstante,
otras inscripciones gravadas sobre la estatua en persa, en elamita y en acadio,
rinden homenaje a Ahura Mazda, “el gran dios que creó esta tierra de aquí, ese
cielo de allá, que creó al hombre, que creó la dicha para el hombre, que hizo a
Darío rey”. Y Darío declara más adelante: “Que Ahura Mazada me proteja, así
como a lo que he hecho”[10].
Es claro que los persas rendían homenaje al dios principal de cada uno de los
pueblos integrados al imperio, para obtener su favor o por lo menos su
neutralidad, pero es a su dios nacional, Ahura Mazda, al que atribuyen su
éxito. A ese dios, le conceden los mismos poderes – en particular el de Creador
– que los judíos a Iahvé. Sin embargo, entre las dos divinidades había una
diferencia considerable. El poder de Ahura Mazda era creíble: se podía pensar
que había permitido a su pueblo conquistar un inmenso territorio; el de Iahvé
estaba seriamente puesto en duda: su pueblo no hacía sino morir de
aburrimiento, como oscuro vasallo, en un estrecho rincón del Imperio Persa.
¿Se podía
esperar que la dominación de los persas no fuera sino pasajera, como lo había
sido la de los asirios y la de los babilonios, y que enseguida Iahvé reduciría
a los persas a nada para darles nuevamente un gran reino a los judíos? Incluso
esa esperanza era frágil. Iahvé había castigado a los asirios y a los
babilonios después de servirse de ellos, porque habían oprimido a los judíos.
¿Pero de qué tendría Iahvé que castigar a los persas? ¡No había nada que
reprocharles! ¿Habría que concluir entonces que el más grande los dioses no era
Iahvé sino Ahura Mazda? Admitirlo debe haber sido una tentación experimentada
por algunos. La Biblia declara, en otras circunstancias, la adhesión de los
israelitas a los dioses de los vencedores. Un rey de Jerusalén, a finales del
siglo VIII, después de haber sido combatido por los arameos, se dijo: “Los
dioses de los reyes de Aram les ayudan a ellos; les ofreceré sacrificios, y me
ayudarán a mí” (2 Crónicas 28, 23). Muchos pueblos en el mundo – y para empezar
en esa región – desaparecieron con su religión por haberse sometido a otros
pueblos y haber adoptado sus creencias y sus costumbres. Sin embargo, entre los
judíos, religión e identidad nacional estaban tan imbricadas que abandonar a
Iahvé habría sido equivalente a un suicidio colectivo. Toda su historia mítica
puestas ya por escrito y todas las palabras de sus profetas no cesaban de
repetirles que ellos no eran como los otros, que debía mantenerse a distancia
de la naciones extranjeras (los goyim), porque estaban destinados por su dios a un
gran porvenir. “Es un pueblo que vive aparte; no es contado entre las
naciones”: así se describían en la Biblia (Números, 23, 9). Sus leyes
contribuían también, y sobre todo sus restricciones alimenticias, a mantener
esa separación: “Yo soy Iahvé, vuestro dios, que os he separado de esos
pueblos. Habéis de distinguir entre animales puros e impuros, y entre aves
impuras y puras; para que no os contaminéis, ni con animal, ni con ave ni con
reptil que se arrastra por el suelo, de los que os separado yo como cosas
impuras” (Levítico 20, 24-25)[11].
Renunciar a esa ideología que les había permitido soportar muchos reveses y
varias catástrofes habría sido renunciar a ser ellos mismos. Reconocer que se
habían equivocado los hubiera condenado a desaparecer.
Para no
llegar a eso, los guías del pueblo habían buscado desde hacía tiempo a arreglar
la religión inicial. Habían decretado, bajo Josías, que el dios nacional no
toleraba ningún rival, y se habían expulsado a los dioses extranjeros. Después
del regreso de Babilonia, Esdras había pensado que hacía falta depurar la etnia
para hacerla una vez más digna de ser “el pueblo de Iahvé” y se había echado a
las mujeres extranjeras junto a sus hijos, prohibiendo estrictamente los
matrimonios mixtos (Esdras 10 y Nehemías 13). En el templo reconstruido, se
multiplicaban los sacrificios expiatorios y los ritos de purificación para
respetar los innumerables mandamientos que, se decía, Iahvé había prescrito a
Moisés y que el profeta había anotado: ahora se disponía de rollos para enseñar
esas leyes a todos los judíos. ¿Qué otra cosa se podía hacer con la intención
de obtener el perdón de las faltas cometidas por los ancestros, de volver a
encontrar la gracia de Iahvé y volver a ser el gran pueblo al que Moisés había
dicho: “Anexionarás numerosas naciones y tú no serás anexionado. Iahvé te
pondrá a la cabeza y no a la cola; siempre estarás encima y nunca debajo”
(Deuteronomio 28, 12-13)? Hacía falta constatar que todas esas reformas y todos
eso esfuerzos habían quedado sin resultados. Nada había llegado a modificar la
condición subalterna e insignificante en la que el pueblo sobrevivía. ¿Se
habían equivocado los judíos al apostar todo por Iahvé? La duda, instalada
sobre varias generaciones, debió ser verdadera y profunda. Un salmo retocado a
la época persa puede dar una idea de ese estado espiritual: “Y con todo nos
rechazas y avergüenzas […] Nos haces la irrisión de los vecinos […] Todo esto
nos vino sin haberte olvidado, sin haber traicionado tu alianza […] ¡Despierta
ya! ¿Por qué duermes, Señor?” (Salmo 44, 10-24) La explicación de la
culpabilidad del pueblo agotó sus efectos, algunas voces osan elevarse ahora
para poner en duda al mismo Iahvé. Las interrogaciones sobre el poder real del
dios eran cada vez más inevitables al ver, al mismo tiempo, a los persas
triunfar sin cometer ningún perjuicio que hubiera podido atraerles la ira de
Iahvé. Además, el pueblo debió terminar por saber, como no lo ignoraba
Nehemías, que vivía en la corte de Susa, que los persas atribuían sus éxitos a
su dios, Ahura Mazda, con buenas razones para hacerlo. Esta situación que
perduró durante los dos siglos del Imperio Aqueménida puso en crisis la
ideología que había permitido a los judíos de la Antigüedad explicar las
desdichas sin poner en cuestión el poder de su dios ni la alianza que había
fundado su identidad. Hay que suponer que en ese periodo sobre el que no
tenemos prácticamente ningún documento – recuerda a los “siglos oscuros” que
precedieron el renacimiento, en el siglo VIII, de la civilización griega – una
crisis intelectual debió desarrollarse y acentuarse. Para superarla, no había
más que dos vías: abandonar la doctrina tradicional y sacrificar el pasado, o
encontrar una idea radicalmente nueva capaz de salvar, a la vez, al pueblo y a
su dios. Esa idea fue el monoteísmo.
Es imposible
saber cuándo y quién formuló esa idea por primera vez esa. Pasa lo mismo, con
frecuencia, en la historia de las ciencias, cuando se trata de identificar al o
a los autores de una teoría que vino a resolver una crisis en la que la
investigación había caído: formulo este paralelo ayudándome de los análisis de
Thomas S. Kuhn sobre las revoluciones científicas[12].
Hizo falta tiempo para que la teoría monoteísta se fraguara un camino, tiempo
para que ganara adeptos, tiempo para imponerse finalmente a todo un pueblo,
parece que en la segunda mitad del siglo IV o a principios del III, cuando los
griegos vinieron a suplantar a los persas sin que la situación de los judíos
cambiara de alguna forma.
La adopción
del monoteísmo por los judíos modificó por completo su visión del mundo. Ya no
había lugar para interpretar la Historia en términos de rivalidades entre
dioses que protegían y ayudaban a su pueblo. Comparar, en particular, al dios
de los judíos y al de los persas ya no tenía sentido: eran el mismo dios[13],
el Dios único, que favorecía, según deseos que sólo él mismo conocía, tanto a
un pueblo como a otro. Esta evidencia nueva, verdaderamente revolucionaria,
percibida sólo por los judíos, daba a éstos una clave para explicar sus
desdichas pasadas y presentes, mientras conservaban la esperanza de volver a
encontrar un día el favor de la divinidad que los había sacado de Egipto y los
había dotado de un gran país en el que habían edificado un poderoso reino. A
ese dios se le dejará poco a poco de llamar “Iahvé”, como se hacía en los
tiempos en los que hacía falta, gracias a un nombre propio, distinguirlos de
los otros dioses. Se le llamará de ahora
en adelante “Dios” (elohim) o “Señor”
(adonai). Cuando la Tora es traducida
al griego por judíos de Alejandría, en
el siglo III antes de nuestra era, para hacerla llegar a los judíos de Egipto
que ya no conocían el hebreo, la mutación monoteísta se completó: en la Biblia
Septuaginta, “Iahvé” desapareció completamente en beneficio de theos (“Dios”) y de kurios (“Señor”).[14]
Es así como
los judíos cambiaron de religión, sin atribuir en ninguna parte esta innovación
a una inspiración divina. Creyeron (o dejaron creer), para acomodar el presente
al pasado, que esta nueva visión considerada como la Verdad provenía del Sinaí.
Hicieron algunas correcciones a la Biblia en este sentido: reescribieron, por
ejemplo, el primer capítulo del Génesis[15].
No obstante, respetaron en esencia un texto ya fijado y considerado sagrado al
haber sido dictado por Dios a Moisés. Por esta razón, la Biblia hebrea que
leemos hoy es casi enteramente anterior a la época en la que la creencia en un
Dios único se convirtió en dogma para la religión judía – aproximadamente un
milenio después de Moisés, si es que ese profeta existió realmente en la
Historia – dogma que inventaron con el objetivo de sacar a Iahvé, y a ellos
mismos con él, del abismo al que habían descendido juntos.
Mi hipótesis
permite comprender que, después de esto, el Dios único no dejara nunca de ser
considerado por los judíos como una deidad exclusivamente de ellos y no de
todos los pueblos. La prueba de ello es que todavía a principios de nuestra
era, el templo de Jerusalén, único lugar en el que se podía, según se afirmaba,
celebrar el culto del Dios Uno, estaba reservado sólo a los judíos. Los
arqueólogos han dado a conocer dos
paneles en los que está escrito, en griego y en latín: “Que ningún
extranjero penetre al interior de la balaustrada ni del muro que rodea al
santuario. El que fuera aprehendido no debería acusar más que a sí mismo de la
muerte que sería su castigo”[16].
Son los
primeros cristianos quienes cortaron las raíces étnicas de Dios. Pablo sobre
todo, nacido judío, dijo una y otra vez en sus cartas pastorales: puesto que no
existe más que un Dios, es necesariamente el Dios de todos los pueblos y de
todos los individuos; ya no hay ninguna razón para hacer distinciones entre los
judíos y los no-judíos[17].
Sin embargo,
a partir del momento, a principios del siglo IV de nuestra era, en que un
emperador romano, Constantino, se convirtió al cristianismo, el dios “Dios” se
convirtió progresivamente en la divinidad de los romanos, luego de los europeos
y de todos los pueblos que sometieron. Se volvió nuevamente un rasgo
identitario, ya no de una etnia particular, como es siempre el caso en el
judaísmo, sino de un conjunto de naciones unidas en el culto al Hijo de Dios. Y el Islam, en el siglo VII, al afirmar
fuertemente su unión con el Dios único tomado de los judíos y de los
cristianos, triunfó al confederar, en torno a la enseñanza de Mahoma, a las
tribus árabes que habían sido rivales hasta entonces, y al llevarlas a la
conquista de un vasto imperio.
El hecho de
que el monoteísmo no pueda desligarse, no importa lo que digan los teólogos, de
un arraigamiento nacional explica que incluso ahora, pueblos que afirman
venerar al mismo Dios se entreguen a luchas despiadadas para hacer prevalecer
su concepción del Dios Uno.
[1] Cfr. mi trilogía “Aux origines du Dieu
unique”: L’invention du monothéisme
(edición de Fallois, 2002); La Loi de
Moïse (2003); Vie et mort dans la
Biblie (2004); colección de bolsillo “Pluriel”, Hachette Littératures, 2004
y 2005 para los primeros volúmenes.
[2] Cfr.
Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, The
Biblie Unearthed, Nueva York, 2001; trad. fr. La Bible dévoilée, Bayard, 2002.
[3]
Otro subterfugio consiste en designar a ese dios con las cuatro letras – el
“tetragrama divino”: IHVH – que sirven para escribirlo en la Biblia. No
obstante, el hebreo no registra gráficamente más que las consonantes y las
semiconsonantes tanto para ese dios como para los otros, ¡así como para todas
las palabras de la lengua! Es a causa de una pretendida prohibición de
pronunciar ese nombre, “el Nombre”, que algunos lo transcriben a las otras lenguas
como IHVH, y lo pronuncian “Adonaí” (“Señor”) en lugar de “Iahvé”. En realidad,
esa prohibición no aparece en la Biblia. Ver L’invention du monothéisme, p. 108-110 y 123-124, así como La Loi de Moïse, p. 45-47.
[4] Cfr. notablemente Amihai Mazar, Archaelogy of the land of the Bible, 10,000
– 586 B.C.E., Nueva York, 1990.
[6] Los
argumentos de Finkelstein y Silberman, op. cit., son muy convincentes.
[7]
Notablemente los autores de The Bible
Unearthed, capítulo 11.
[8]
Esa referencia a Ciro se encuentra en la recopilación de profecías atribuidas a
Isaías (45,1), ¡el cual vivió dos siglos antes que el rey de los persas!
[9] Cfr. Pierre Lecoq, Les inscriptions de la Perse achéménide, Gallimard, 1997, p.
181-185.
[10] Cfr. Pierre Briant, Histoire de l’Empire perse, Fayard, 1996, p. 492, y Les inscriptions de la Perse achéménide,
op. cit., p. 246-247.
[11] Cfr. mi artículo “Sémiotique de la
nourriture dans la Bible”, Annales,
ESC, París, julio-agosto 1973. Retomé ese estudio, con complementos, en Vie et mort dans la Bible, 2004, p.
13-29.
[12] Cfr. Thomas S. Kuhn, The
structure of scientific revolutions, Chicago, 1962 y 1970; trad. fr. La structure des révolutions
scientifiques, Flammarion, 1983. Y Jean Soler, L’Invention du monothéisme, p.
91-93.
[13]
La asimilación de las dos divinidades pudo ser facilitada por el hecho de que
Ahura Mazda no era representado tampoco bajo formas figurativas.
[17] Cfr.
principalmente la Tercera Epístola a los Romanos, 29-30.
*Catedrático de Letras. Fue consejero cultural de la embajada de Francia en Israel de 1969 a 1973 y de 1989 a 1993. Colaboró en la Histoire universelle des Juifs, bajo la dirección de Élie Barnavi, Hachette Littératures, 1992. Autor de una trilogía Aux origines du Dieu unique, editorial Fallois, 2002, 2003, 2004.
Texto original en francés: http://www.aroumah.net/agora/soler-01-monotheisme.php
Texto original en francés: http://www.aroumah.net/agora/soler-01-monotheisme.php
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