jueves, 18 de diciembre de 2014

¿Por qué el monoteísmo?

¿Por qué el monoteísmo?

Jean Soler*
Traducido por Carlos Viveros Torres

¡Dichosos los investigadores que estudian a los dioses griegos o a los egipcios! No se arriesgan demasiado a que sus creencias religiosas desvíen su juicio o a que sus análisis críticos ofendan la fe de sus lectores, puesto que ya nadie cree desde hace mucho tiempo en Zeus o en Osiris. Sin embargo, sucede otra cosa con la deidad a la que llamamos “Dios”, la cual tiene todavía tres mil millones de fieles alrededor del mundo. No obstante, parece indispensable, para la aproximación científica de las religiones, no hacer ninguna diferencia entre estas divinidades. Los dioses son personajes históricos que aparecen un día, viven por periodos de tiempo distintos −tan largos como haya hombres persuadidos de su existencia− y terminan por desaparecer o por fundirse con otros númenes.
La cuestión que me ha ocupado[1] es la de comprender desde cuándo y por qué los judíos de la Antigüedad admitieron como un dogma que no hay y no puede haber más que un solo dios, mientras que, hasta ese entonces, en todas las sociedades que nos son conocidas, el mundo divino se caracterizaba por la pluralidad y la diversidad de seres sobrenaturales.
Enunciar el problema en estos términos suscita resistencias −incluso en el medio universitario he tenido experiencia de ello− pues resulta evidente a los ojos de los creyentes que Dios, ese dios, el Único, el “Dios verdadero”, ha existido toda la eternidad, y que los hombres siempre lo han sabido, de forma más o menos oscura. Los adeptos de las tres religiones monoteístas consideran entonces completamente normal que Dios, por razones que sólo él conoce, se haya revelado a uno de los pueblos, el de los hebreos, y más precisamente a uno u otro de sus miembros, primero a Abraham, luego a Moisés, como la Biblia lo atestigua, para ayudar a la humanidad a adquirir un conocimiento más claro de su existencia y de sus deseos.
Esa posición, que parece inapelable desde la óptica de los creyentes, ya no se sostiene actualmente a causa de los descubrimientos hechos por la investigación científica. En efecto, no solamente la existencia de Abraham y de Moisés es puesta en duda (los arqueólogos no han encontrado, por ejemplo, ningún indicio de la estancia de todo un pueblo en el desierto del Sinaí[2]), sino que la divinidad que se dirigió a Abraham y a Moisés no es el Dios Único, de acuerdo con el texto hebreo de la Biblia, leído sin ideas preconcebidas. Se trata de un dios entre otros llamado “Iahvé” (poco importa cómo se pronunciaba su nombre y cómo se transcribe a nuestras lenguas). Ese hecho, pues es un hecho, se encuentra disimulado por la ilusión retrospectiva que proyecta sobre un pasado lejano y mayoritariamente mítico nuestras convicciones sobre el Dios Único, ilusión mantenida por el hábil truco de desaparecer la palabra “Iahvé” de las traducciones de la Biblia, para reemplazarla por las palabras “Dios”, “el Señor”, o “el Eterno”, términos que designan hoy en día, sin equívoco, al Dios de la creencia monoteísta[3].
¿Cómo se expresa el relato bíblico en el que ese dios se comunica con Abraham, que se llama todavía Abram, por primera vez? “Iahvé dijo a Abram: Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré” (Génesis 12, 1-2). De entrada, Abraham es presentado como el ancestro de un pueblo prometido a un gran destino: lo llamamos el “pueblo elegido”. Y la bendición del dios –que no dice en ningún momento que es el único dios verdadero− se traducirá en la concesión de tierras a unas tribus nómadas para que puedan hacerse sedentarias: la “Tierra prometida”. Ésta es la primera mención dentro de la Biblia de un contrato realizado entre un dios y un pueblo, de una alianza según la cual, si la comunidad permanece fiel a esa deidad, ésta lo favorecerá por encima de todas las otras naciones. Ese contrato fue renovado, según afirma la Biblia, algunos siglos más tarde, con Moisés. ¿Qué es lo que dice el dios al profeta cuando se dirige a él por primera vez, del fondo de un arbusto que arde sin consumirse? “Yo soy el dios de tus ancestros, el dios de Abraham, el dios de Isaac, el dios de Jacob” (Éxodo 3, 6) Se trata siempre de un dios étnico, el cual revela a Moisés, como señal insigne de favor, su verdadero nombre, “Iahvé”, y se preocupa antes que nada de salvar a su pueblo de la esclavitud a la que se encuentra reducido en Egipto. Ni en ese episodio ni en los posteriores, en el trascurso de los encuentros que tendrá Moisés con Iahvé sobre el monte Sinaí, el dios no se presenta como el único dios que existe, un dios universal que sería el de todos los pueblos y se preocuparía de la suerte de la humanidad. En La ley de Moisés, mostré que las prescripciones que da el dios al profeta, comenzando por los Diez Mandamientos, no son los imperativos de una moral universal, sino reglas de conducta destinadas a asegurar la unidad y la cohesión del pueblo hebreo en vista de su supervivencia.
Este tipo de religión no es específica de los israelitas (los descendientes de Jacob, apodado Israel). Lo encontramos en todo el Oriente Próximo antiguo, desde mucho antes de que los hebreos entraran a la Historia, como lo atestiguan las numerosas inscripciones descubiertas en Mesopotamia. Alrededor del año 2025, por ejemplo −cerca de ocho siglos antes de Moisés, si es que éste existió y si vivió, como se asegura, a mediados del siglo XIII−, algunos textos dan testimonio de un pueblo desconocido hasta entonces que dice venerar a un dios igualmente desconocido, “Assur”. El dios y el pueblo realizaron una alianza tan estrecha que este último se define por el apelativo de “asirios”, los fieles del dios Assur, los cuales designaron además a su capital con el mismo nombre de la deidad, “Assur”. Un poco más tarde, en la misma región, los babilonios adoptaron por dios protector a “Marduk”. Ahora bien, tanto las inscripciones como los vestigios de santuarios prueban que estos dos pueblos veneraban al mismo tiempo a otras divinidades. Nos encontramos con una forma de politeísmo que hoy nombramos, con un término que no ha entrado todavía en los diccionarios, “monolatría”. La monolatría es el culto rendido a una deidad por encima de las demás, pero sin negar la existencia de los otros dioses, de los cuales algunos tienen también una relación privilegiada con pueblos distintos. Los judíos de la Antigüedad no hicieron más que imitar lo que veían practicar entorno a ellos al ligar su suerte a una divinidad tan oscura como Marduk o Assur, pero de la que esperaban la misma protección: se espera que un dios desconocido o marginal pueda consagrarse por entero a uno, mientras que un dios célebre, solicitado por muchos pueblos, podría desatenderlo o dar su preferencia a otros. Un profeta bíblico, Miqueas, que vivió en Jerusalén en el siglo VIII antes de nuestra era, es muy consciente de esta situación: “Todos los pueblos caminan cada uno en el nombre de sus dioses, pero nosotros caminamos en el nombre de Iahvé, nuestro dios, para siempre jamás” (Miqueas 4, 5). Esto no impide que los israelitas, siguiendo el ejemplo de los asirios y de los babilonios, tuvieran otros dioses, entre los que destaca Baal, e incluso una diosa, compañera de Iahvé, Ashera, como atestigua la Biblia, si se la lee sin ideas preconcebidas, y como lo confirman inscripciones descubiertas recientemente en Israel, que hablan de “Iahvé y su Ashera”[4].
Cualquiera que sea el rol desempeñado por los otros dioses, cada pueblo le atribuye sus éxitos, sobre todo sus éxitos militares, al dios con el cual ha hecho alianza, y tiende a pensar que su dios es el más grande de todos. Lo vemos en las inscripciones mesopotámicas. Lo constatamos igualmente en la Biblia. Después del pasaje del Mar Rojo, que es presentado como una victoria conseguida por los hebreos sobre los egipcios gracias a la intervención milagrosa de su dios, Moisés y el pueblo entonan un cántico de agradecimiento en el que dicen: “¿Quién como tú, Iahvé, entre los dioses [elim, plural de el, “dios”]?” (Éxodo 15, 11). Esta formulación pertenece, sin ninguna duda, al politeísmo – si no se traiciona el texto al traducir: “¿Quién hay entre los fuertes a ti semejante, oh Eterno?” (Biblia del rabinato francés). Este y otros muchos otros pasajes prueban que “Moisés no creía en Dios”, como lo escribí, con una pizca de provocación, en La invención del monoteísmo, para hacer entender que los textos atribuidos por la tradición a Moisés – los cinco primeros libros de la Biblia que los judíos llaman la Tora y los cristianos el Pentateuco – no son, casi en su totalidad, monoteístas.
En estas condiciones, ¿cómo es que el pueblo judío se encuentra en el origen de la creencia en un Dios único? Si ésta última no se remonta a Moisés, ¿cuándo apareció y en qué ambiente? Para responder a esa pregunta, no podemos apoyarnos más que en la Biblia, pues ningún otro pueblo adoptó esa religión antes que el judío. El caso del faraón Akhenaton, que reinó un siglo antes de la época en la que se supone que vivió Moisés, no constituye una excepción. De acuerdo con los egiptólogos actuales, Akhenatón era un rey caprichoso que quiso imponer su dios personal, Atón, del que sería el único representante e intérprete, lo que implicaba excluir al clero hasta entonces todopoderoso, sobre todo el del dios Amón de Tebas. Sin embargo, Atón no es otro que Amón, Ra, etc., el mismo dios supremo del panteón egipcio, representante del Sol y adorado bajo nombres diferentes según los lugares, las épocas y el curso del astro durante el día y la noche. Es más, los himnos a Atón atribuidos a Akhenatón siguen muy de cerca el modelo de los himnos a Amón o a Ra completamente anteriores, incluso en el uso del adjetivo “único” para calificar al dios, con el objetivo de acentuar su carácter excepcional, fuera de lo común, y no para decir que era el único dios existente[5]. Lo que sea que haya sido, el culto instituido por Akhenaton no sobrevivió a la muerte del rey. Un siglo después, su recuerdo había sido abolido y sus templos destruidos. Moisés no habría podido escuchar de él y sobre todo no habría podido inspirarse de su reforma, ¡puesto que el profeta hebreo no era monoteísta! El monoteísmo real fue producido mucho después, en el seno del pueblo judío, sin ninguna influencia directa de otro pueblo, y es sólo la Biblia la que puede guiarnos para conocer sus razones de ser.
Aquí me serviré de otro aporte de la investigación contemporánea. La Biblia que leemos es un escrito casi igualmente tardío que el monoteísmo, completamente posterior a lo que dejaba pensar la tradición e incluso a lo que pensaban todavía la mayor parte de los especialistas hace treinta años. La arqueología israelí ha llegado a la conclusión de que los hebreos no escribieron su lengua antes del siglo IX o incluso del VIII. Si Iahvé hubiera escrito de su mano, en hebreo, los Diez Mandamientos sobre dos tablas de piedra, los israelitas no hubieran podido descifrar ese texto hasta varios siglos después. En cuanto a Moisés, el  escriba de la Tora, ¡no solamente no creía en Dios, sino que no sabía escribir! Actualmente, es ampliamente admitido que el primer núcleo de la Biblia, la versión inicial del Deuteronomio, el quinto libro del Pentateuco actual, data del reinado de Josías que gobernó Jerusalén durante la segunda mitad del siglo VII, poco antes de la toma de la ciudad por Nabucodonosor y de la deportación de los notables a Babilonia. El trabajo de escritura fue recomenzado durante el medio siglo que duró el Exilio y fue continuado por varias generaciones después del regreso a Jerusalén. Todos los textos redactados hasta entonces –incluido el siglo V, siglo de Pericles entre los griegos – hablan de Iahvé como del dios nacional de los israelitas y siempre hacen mención de una alianza exclusiva entre ese dios y ese pueblo. Hay que deducir de ello que a comienzos del siglo IV los judíos todavía no se volvían monoteístas. Entonces, ¿qué fue lo que sucedió?
La tesis que yo sostengo es que la creencia monoteísta apareció cuando el fracaso de la alianza se hizo patente y fue necesario encontrar una explicación creíble de ese fracaso.
Los israelitas estuvieron convencidos efectivamente de la superioridad de su dios tanto tiempo como Iahvé les proporcionó victorias incontestables: la salida de Egipto a pesar de que el ejército del faraón se había lanzado a su persecución, la conquista de Canaán, la constitución de un poderoso reino regido por dos grandes reyes, David y después su hijo Salomón. Por lo menos, se decía que ésos eran los relatos que habían sido transmitidos por los ancestros. En realidad, como lo dije más arriba, no hay ninguna prueba arqueológica de la salida de Egipto ni de la vagancia del pueblo hebreo durante cuarenta años en el desierto del Sinaí (tampoco hay pruebas certeras de la guerra de Troya, que habría tenido lugar en la misma época: tanto los griegos como los judíos reconstruyeron su pasado lejano sobre mitos). Además, los arqueólogos no han descubierto rastros de la guerra relámpago contada por la Biblia para conquistar Canaán: la ocupación fue progresiva y más bien pacífica, tomando en cuenta que al menos una parte de los israelitas eran autóctonos. Más sorprendente aún, pues entramos a partir de ahora en la Historia, no ha sido descubierto ningún vestigio arqueológico, ningún documento epigráfico que provenga a ciencia cierta del reino de David y de Salomón[6]. Algunos especialistas llegan a dudar de la existencia de Salomón y ya no solamente de Abraham o de Moisés. En cualquier caso, si Salomón existió, hay que imaginarlo como jefe de aldea más que como soberano de un importante reino – sobre todo porque los anales de países vecinos ignoran ese estado y hasta el nombre de Salomón. No queda sino concluir que ese personaje adquirió una estatura emblemática en la memoria colectiva de los hebreos. Ahora bien, al leer la Biblia – y lo que dice puede ser corroborado, a partir del siglo IX, por otras fuentes – después del reinado de Salomón, los israelitas conocieron desdichas sobre desdichas. Desde la muerte del rey, la mayoría de las tribus que se habían confederado – diez de doce según la Biblia – no reconocen a su sucesor y se separan para formar un nuevo estado, en el norte del país, con una nueva capital, Samaria, para competir con Jerusalén. Son dos reinos rivales que se encuentran así cara a cara y que en ciertos momentos se harán la guerra. Para los autores de la Biblia, ésa es la primera “catástrofe” (shoah en hebreo) sufrida por el pueblo elegido. El más populoso, poderoso y rico de los dos reinos cae muy pronto bajo el ataque de los asirios que, a finales del siglo VIII, se apoderan de Samaria, deportan a una parte de la población y anexan el país a su imperio. Ésa fue la segunda catástrofe en la historia de los judíos. Habrá una tercera cuando los babilonios, a principios del siglo VI, pongan fin al reino del sur al destruir Jerusalén y al deportar a la élite del país. Los israelitas perdieron así la totalidad de la Tierra que su dios, pensaban, había ofrecido a sus ancestros. Al final del siglo VI, con la victoria de los persas sobre los babilonios, la liberación de los exiliados y el regreso de una parte de ellos a Jerusalén, pudieron haber esperado reconstituir el vasto reino de Salomón. Las obras bíblicas que datan del Exilio – particularmente las profecías de Jeremías, que permaneció en Jerusalén antes de huir a Egipto, y las de Ezequiel, deportado a Babilonia – dan testimonio de ese sueño. Sin embargo, el sueño no se realizó. Durante los dos siglos que duró el Imperio Persa, los habitantes de Judea no hicieron sino vegetar, sin rey, sin ejército, sin independencia, en un minúsculo cantón del Imperio Aqueménida, que iba del Indo al Nilo y del Golfo Pérsico al Mar Negro, englobando una parte del mundo griego, con las ciudades de Mileto y de Éfeso. Las inscripciones persas que enumeran los diferentes pueblos integrados al imperio mencionan a los asirios, a los babilonios, a los egipcios e incluso a los árabes, pero nunca a los judíos. El historiador y etnólogo griego Heródoto, que pasó temporadas, durante el siglo V, en Persia, en Egipto y hasta en Fenicia, en el actual Líbano, a las puertas de Israel, jamás escuchó hablar de los judíos, de su religión ni del templo que habían reconstruido luego de su regreso de Babilonia. No obstante, es en ese periodo, bajo la dominación de los persas, que los judíos concibieron una religión completamente nueva, el monoteísmo.
¿Cómo comprenderlo? Renunciando primero a las nociones de Revelación y de Libros sagrados, incluso si se cree en “Dios”. Los fieles del Dios único tuvieron que admitir, en el siglo XVI, que la tierra gira alrededor del sol y, tres siglos más tarde, que el  hombre no surgió de golpe, tal como es ahora, sino que emergió de una larga evolución de especies, a pesar de lo que asegura la Biblia. Tendrán que acomodarse también, de ahora en adelante, al hecho de que ningún texto bíblico afirma que Dios – el único – se dio a conocer a un israelita, en algún momento dado, diciéndole: “No existe más que un Dios, he ahí la Verdad en materia de religión. Te confío la misión de poner por escrito esa Verdad, de convencer a tu pueblo de ella y de la difundir al resto de la humanidad”. Los pocos versículos que son citados habitualmente para acreditar esa lectura son sacados de su contexto e interpretados a contrasentido. No se trata, ahora y siempre, que de un dios particular que se preocupa exclusivamente de su pueblo, la etnia de los israelitas. Y es – estoy convencido de ello –el fracaso repetido de esa etnia, a pesar de la alianza con un dios presentado como el más grande de los dioses, lo que originó la revolución monoteísta. Pero regresemos atrás.
La primera “catástrofe” en la historia nacional − la escisión del reino de Salomón en dos estados rivales – fue explicado de inmediato por los redactores de la Biblia como la consecuencia de la infidelidad del soberano que habría tolerado, incluso en Jerusalén, al final de su vida, el culto de otras divinidades (Primer Libro de los Reyes, 11). La segunda “catástrofe” – la desaparición del reino de Samaria, el más importante de los dos estados – fue justificada igualmente por la infidelidad de sus reyes que habrían introducido el culto de dioses extranjeros, principalmente de Baal, para competir con el dios de los ancestros. Así, en vez de poner en duda el poder de Iahvé, se incriminó a su pueblo. Esta reacción no es exclusiva de los hebreos. En Mesopotamia, conocemos textos más antiguos en los que ciudades dan cuenta de los reveses que sufrieron por un castigo de su dios. Nadie está preparado, pueblo o individuo, para poner a su dios en cuestión y abandonarlo. Para continuar creyendo en él, se prefiere atribuirle tanto las derrotas como las victorias. Los autores de la Biblia piensan que, si el “pueblo de Iahvé” enfrenta desdichas, éstas son obra de Iahvé. Se busca entonces comprender que falla cometieron los antiguos para evitar cometerla de nuevo. Parece que es bajo el reinado de Josías, alrededor del 620, que predominó la idea, con la esperanza de impedir que Jerusalén padeciera la suerte de Samaria, de que Iahvé era un dios “celoso”: que no toleraría rivales en la veneración que exigía de los israelitas – lo que prueba por otra parte que el culto de Iahvé había cohabitado hasta entonces con el de otros dioses, como era habitual, según lo señalé, en la monolatría de los dioses nacionales en Medio Oriente. La monolatría no es más que una de las modalidades de la creencia politeísta y la reforma de Josías, que exigía que el pueblo adorara sólo a Iahvé, en un solo lugar además, el templo de Jerusalén, no es más que una variante de la forma anterior. Datar de esa época el nacimiento del monoteísmo, como lo hacen algunos[7], es un error. Confunden la monolatría y el monoteísmo, el único en anunciar que no puede existir más que un dios.
A la luz de la nuevas perspectivas aparecidas en tiempos de Josías, se sostuvo que Iahvé había utilizado a otros pueblos – los más crueles de entre ellos – para castigar a los israelitas de su infidelidad. Esa idea presentaba la doble ventaja de mantener la presunta omnipotencia de Iahvé y de no atribuir los éxitos de los pueblos enemigos a sus respectivos dioses. Para que nadie, ni entre los enemigos ni entre los israelitas, pudiera equivocarse al imputarle los fracasos de estos últimos a otros dioses que Iahvé, se afirmó – Jeremías, por ejemplo, capítulo 51 – que después de haber servido de instrumentos entre las manos de Iahvé, esos enemigos serían castigados a su vez por haber vertido la sangre de su pueblo. Y la Historia pareció corroborar esa convicción. En efecto, después de destruir el reino de Samaria, los asirios fueron derrotados por los babilonios. En cuanto a los babilonios, después de haber destruido el reino de Jerusalén (Judea), fueron vencidos y reducidos a nada por el rey de los persas, Ciro. Sin embargo, con los persas, todo va a cambiar. Los persas, sin quererlo ni saberlo, van a poner en problemas la ideología bíblica.
Lejos de castigar a los israelitas para obedecer el deseo de Iahvé, los persas los liberaron efectivamente de su exilio en Babilonia, en el 539. Les permitieron regresar a Jerusalén y reconstruir su templo. Todavía mejor, financiaron esos trabajos y exentaron al clero de impuestos. Todavía mejor aun, algunas décadas más tarde, algunos reyes persas confiaron misiones a gente de Judea que había permanecido en el exilio, y que eran cercanos a la corte, para que fueran a Jerusalén a prestar apoyo a la comunidad del regreso que realmente necesitaba de ella, pues estaban muy desorganizados y en gran miseria. El propio escanciador del rey, Nehemías, hizo dos misiones a mediados del siglo V. Esdras, un sacerdote-escriba, llegó probablemente a principios del siglo IV. Este último jugó un papel importante para fijar por escrito las leyes atribuidas a Moisés y reconocidas por el poder persa para los asuntos concernientes a los judíos (así se llama de ahora en adelante a los habitantes de Judea y, más generalmente, a los miembros de la etnia israelita). En una palabra, los persas se mostraron irreprochables a la vista de los judíos, al punto de que Ciro es llamado en la Biblia el Mesías, es decir, “el ungido de Iahvé”[8] y de que los judíos pudieron creer durante un tiempo que los persas se darían cuenta de que debían su victoria al dios judío y que se convertirían a él. Pero nada de eso pasó. Los persas se comportaban con los judíos como con los otros pueblos del imperio, ni más ni menos. Respetaban la religión tanto como las costumbres de los pueblos sometidos. En una inscripción descubierta en 1879 en Babilonia sobre un cilindro de arcilla, se dice que Marduk mismo, el dios nacional del país, encomendó a Ciro, un extranjero, castigar al rey de los babilonios por su infidelidad tomando su capital. En el mismo texto, Ciro asegura venerar a Marduk, al que llama su “Señor”, y dice que liberó a los pueblos extranjeros que habían sido deportados – sin hacer mención de los judíos[9]. Esa actitud de los persas corresponde bastante bien a la que tuvieron para con los habitantes de Judea, según el testimonio de la Biblia, y a la política que aplicaron en relación con Egipto, después de haber conquistado el país. Una estatua de Darío descubierta en la capital iraní, en Susa, en 1972, porta una inscripción jeroglífica en la que el rey de los persas se presenta, a imagen de los faraones, como hijo de Ra, el dios supremo de los egipcios. No obstante, otras inscripciones gravadas sobre la estatua en persa, en elamita y en acadio, rinden homenaje a Ahura Mazda, “el gran dios que creó esta tierra de aquí, ese cielo de allá, que creó al hombre, que creó la dicha para el hombre, que hizo a Darío rey”. Y Darío declara más adelante: “Que Ahura Mazada me proteja, así como a lo que he hecho”[10]. Es claro que los persas rendían homenaje al dios principal de cada uno de los pueblos integrados al imperio, para obtener su favor o por lo menos su neutralidad, pero es a su dios nacional, Ahura Mazda, al que atribuyen su éxito. A ese dios, le conceden los mismos poderes – en particular el de Creador – que los judíos a Iahvé. Sin embargo, entre las dos divinidades había una diferencia considerable. El poder de Ahura Mazda era creíble: se podía pensar que había permitido a su pueblo conquistar un inmenso territorio; el de Iahvé estaba seriamente puesto en duda: su pueblo no hacía sino morir de aburrimiento, como oscuro vasallo, en un estrecho rincón del Imperio Persa.
¿Se podía esperar que la dominación de los persas no fuera sino pasajera, como lo había sido la de los asirios y la de los babilonios, y que enseguida Iahvé reduciría a los persas a nada para darles nuevamente un gran reino a los judíos? Incluso esa esperanza era frágil. Iahvé había castigado a los asirios y a los babilonios después de servirse de ellos, porque habían oprimido a los judíos. ¿Pero de qué tendría Iahvé que castigar a los persas? ¡No había nada que reprocharles! ¿Habría que concluir entonces que el más grande los dioses no era Iahvé sino Ahura Mazda? Admitirlo debe haber sido una tentación experimentada por algunos. La Biblia declara, en otras circunstancias, la adhesión de los israelitas a los dioses de los vencedores. Un rey de Jerusalén, a finales del siglo VIII, después de haber sido combatido por los arameos, se dijo: “Los dioses de los reyes de Aram les ayudan a ellos; les ofreceré sacrificios, y me ayudarán a mí” (2 Crónicas 28, 23). Muchos pueblos en el mundo – y para empezar en esa región – desaparecieron con su religión por haberse sometido a otros pueblos y haber adoptado sus creencias y sus costumbres. Sin embargo, entre los judíos, religión e identidad nacional estaban tan imbricadas que abandonar a Iahvé habría sido equivalente a un suicidio colectivo. Toda su historia mítica puestas ya por escrito y todas las palabras de sus profetas no cesaban de repetirles que ellos no eran como los otros, que debía mantenerse a distancia de la naciones extranjeras (los goyim),  porque estaban destinados por su dios a un gran porvenir. “Es un pueblo que vive aparte; no es contado entre las naciones”: así se describían en la Biblia (Números, 23, 9). Sus leyes contribuían también, y sobre todo sus restricciones alimenticias, a mantener esa separación: “Yo soy Iahvé, vuestro dios, que os he separado de esos pueblos. Habéis de distinguir entre animales puros e impuros, y entre aves impuras y puras; para que no os contaminéis, ni con animal, ni con ave ni con reptil que se arrastra por el suelo, de los que os separado yo como cosas impuras” (Levítico 20, 24-25)[11]. Renunciar a esa ideología que les había permitido soportar muchos reveses y varias catástrofes habría sido renunciar a ser ellos mismos. Reconocer que se habían equivocado los hubiera condenado a desaparecer.
Para no llegar a eso, los guías del pueblo habían buscado desde hacía tiempo a arreglar la religión inicial. Habían decretado, bajo Josías, que el dios nacional no toleraba ningún rival, y se habían expulsado a los dioses extranjeros. Después del regreso de Babilonia, Esdras había pensado que hacía falta depurar la etnia para hacerla una vez más digna de ser “el pueblo de Iahvé” y se había echado a las mujeres extranjeras junto a sus hijos, prohibiendo estrictamente los matrimonios mixtos (Esdras 10 y Nehemías 13). En el templo reconstruido, se multiplicaban los sacrificios expiatorios y los ritos de purificación para respetar los innumerables mandamientos que, se decía, Iahvé había prescrito a Moisés y que el profeta había anotado: ahora se disponía de rollos para enseñar esas leyes a todos los judíos. ¿Qué otra cosa se podía hacer con la intención de obtener el perdón de las faltas cometidas por los ancestros, de volver a encontrar la gracia de Iahvé y volver a ser el gran pueblo al que Moisés había dicho: “Anexionarás numerosas naciones y tú no serás anexionado. Iahvé te pondrá a la cabeza y no a la cola; siempre estarás encima y nunca debajo” (Deuteronomio 28, 12-13)? Hacía falta constatar que todas esas reformas y todos eso esfuerzos habían quedado sin resultados. Nada había llegado a modificar la condición subalterna e insignificante en la que el pueblo sobrevivía. ¿Se habían equivocado los judíos al apostar todo por Iahvé? La duda, instalada sobre varias generaciones, debió ser verdadera y profunda. Un salmo retocado a la época persa puede dar una idea de ese estado espiritual: “Y con todo nos rechazas y avergüenzas […] Nos haces la irrisión de los vecinos […] Todo esto nos vino sin haberte olvidado, sin haber traicionado tu alianza […] ¡Despierta ya! ¿Por qué duermes, Señor?” (Salmo 44, 10-24) La explicación de la culpabilidad del pueblo agotó sus efectos, algunas voces osan elevarse ahora para poner en duda al mismo Iahvé. Las interrogaciones sobre el poder real del dios eran cada vez más inevitables al ver, al mismo tiempo, a los persas triunfar sin cometer ningún perjuicio que hubiera podido atraerles la ira de Iahvé. Además, el pueblo debió terminar por saber, como no lo ignoraba Nehemías, que vivía en la corte de Susa, que los persas atribuían sus éxitos a su dios, Ahura Mazda, con buenas razones para hacerlo. Esta situación que perduró durante los dos siglos del Imperio Aqueménida puso en crisis la ideología que había permitido a los judíos de la Antigüedad explicar las desdichas sin poner en cuestión el poder de su dios ni la alianza que había fundado su identidad. Hay que suponer que en ese periodo sobre el que no tenemos prácticamente ningún documento – recuerda a los “siglos oscuros” que precedieron el renacimiento, en el siglo VIII, de la civilización griega – una crisis intelectual debió desarrollarse y acentuarse. Para superarla, no había más que dos vías: abandonar la doctrina tradicional y sacrificar el pasado, o encontrar una idea radicalmente nueva capaz de salvar, a la vez, al pueblo y a su dios. Esa idea fue el monoteísmo.
Es imposible saber cuándo y quién formuló esa idea por primera vez esa. Pasa lo mismo, con frecuencia, en la historia de las ciencias, cuando se trata de identificar al o a los autores de una teoría que vino a resolver una crisis en la que la investigación había caído: formulo este paralelo ayudándome de los análisis de Thomas S. Kuhn sobre las revoluciones científicas[12]. Hizo falta tiempo para que la teoría monoteísta se fraguara un camino, tiempo para que ganara adeptos, tiempo para imponerse finalmente a todo un pueblo, parece que en la segunda mitad del siglo IV o a principios del III, cuando los griegos vinieron a suplantar a los persas sin que la situación de los judíos cambiara de alguna forma.
La adopción del monoteísmo por los judíos modificó por completo su visión del mundo. Ya no había lugar para interpretar la Historia en términos de rivalidades entre dioses que protegían y ayudaban a su pueblo. Comparar, en particular, al dios de los judíos y al de los persas ya no tenía sentido: eran el mismo dios[13], el Dios único, que favorecía, según deseos que sólo él mismo conocía, tanto a un pueblo como a otro. Esta evidencia nueva, verdaderamente revolucionaria, percibida sólo por los judíos, daba a éstos una clave para explicar sus desdichas pasadas y presentes, mientras conservaban la esperanza de volver a encontrar un día el favor de la divinidad que los había sacado de Egipto y los había dotado de un gran país en el que habían edificado un poderoso reino. A ese dios se le dejará poco a poco de llamar “Iahvé”, como se hacía en los tiempos en los que hacía falta, gracias a un nombre propio, distinguirlos de los otros dioses.  Se le llamará de ahora en adelante “Dios” (elohim) o “Señor” (adonai). Cuando la Tora es traducida al griego  por judíos de Alejandría, en el siglo III antes de nuestra era, para hacerla llegar a los judíos de Egipto que ya no conocían el hebreo, la mutación monoteísta se completó: en la Biblia Septuaginta, “Iahvé” desapareció completamente en beneficio de theos (“Dios”) y de kurios (“Señor”).[14]   
Es así como los judíos cambiaron de religión, sin atribuir en ninguna parte esta innovación a una inspiración divina. Creyeron (o dejaron creer), para acomodar el presente al pasado, que esta nueva visión considerada como la Verdad provenía del Sinaí. Hicieron algunas correcciones a la Biblia en este sentido: reescribieron, por ejemplo, el primer capítulo del Génesis[15]. No obstante, respetaron en esencia un texto ya fijado y considerado sagrado al haber sido dictado por Dios a Moisés. Por esta razón, la Biblia hebrea que leemos hoy es casi enteramente anterior a la época en la que la creencia en un Dios único se convirtió en dogma para la religión judía – aproximadamente un milenio después de Moisés, si es que ese profeta existió realmente en la Historia – dogma que inventaron con el objetivo de sacar a Iahvé, y a ellos mismos con él, del abismo al que habían descendido juntos.
Mi hipótesis permite comprender que, después de esto, el Dios único no dejara nunca de ser considerado por los judíos como una deidad exclusivamente de ellos y no de todos los pueblos. La prueba de ello es que todavía a principios de nuestra era, el templo de Jerusalén, único lugar en el que se podía, según se afirmaba, celebrar el culto del Dios Uno, estaba reservado sólo a los judíos. Los arqueólogos han dado a conocer dos  paneles en los que está escrito, en griego y en latín: “Que ningún extranjero penetre al interior de la balaustrada ni del muro que rodea al santuario. El que fuera aprehendido no debería acusar más que a sí mismo de la muerte que sería su castigo”[16].
Son los primeros cristianos quienes cortaron las raíces étnicas de Dios. Pablo sobre todo, nacido judío, dijo una y otra vez en sus cartas pastorales: puesto que no existe más que un Dios, es necesariamente el Dios de todos los pueblos y de todos los individuos; ya no hay ninguna razón para hacer distinciones entre los judíos y los no-judíos[17].
Sin embargo, a partir del momento, a principios del siglo IV de nuestra era, en que un emperador romano, Constantino, se convirtió al cristianismo, el dios “Dios” se convirtió progresivamente en la divinidad de los romanos, luego de los europeos y de todos los pueblos que sometieron. Se volvió nuevamente un rasgo identitario, ya no de una etnia particular, como es siempre el caso en el judaísmo, sino de un conjunto de naciones unidas en el culto al Hijo de Dios. Y el Islam, en el siglo VII, al afirmar fuertemente su unión con el Dios único tomado de los judíos y de los cristianos, triunfó al confederar, en torno a la enseñanza de Mahoma, a las tribus árabes que habían sido rivales hasta entonces, y al llevarlas a la conquista de un vasto imperio.
El hecho de que el monoteísmo no pueda desligarse, no importa lo que digan los teólogos, de un arraigamiento nacional explica que incluso ahora, pueblos que afirman venerar al mismo Dios se entreguen a luchas despiadadas para hacer prevalecer su concepción del Dios Uno.




[1] Cfr. mi trilogía “Aux origines du Dieu unique”: L’invention du monothéisme (edición de Fallois, 2002); La Loi de Moïse (2003); Vie et mort dans la Biblie (2004); colección de bolsillo “Pluriel”, Hachette Littératures, 2004 y 2005 para los primeros volúmenes.
[2] Cfr. Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, The Biblie Unearthed, Nueva York, 2001; trad. fr. La Bible dévoilée, Bayard, 2002.
[3] Otro subterfugio consiste en designar a ese dios con las cuatro letras – el “tetragrama divino”: IHVH – que sirven para escribirlo en la Biblia. No obstante, el hebreo no registra gráficamente más que las consonantes y las semiconsonantes tanto para ese dios como para los otros, ¡así como para todas las palabras de la lengua! Es a causa de una pretendida prohibición de pronunciar ese nombre, “el Nombre”, que algunos lo transcriben a las otras lenguas como IHVH, y lo pronuncian “Adonaí” (“Señor”) en lugar de “Iahvé”. En realidad, esa prohibición no aparece en la Biblia. Ver L’invention du monothéisme, p. 108-110 y 123-124, así como La Loi de Moïse, p. 45-47.
[4] Cfr. notablemente Amihai Mazar, Archaelogy of the land of the Bible, 10,000 – 586 B.C.E., Nueva York, 1990.
[5] L’invention du monothéisme, p. 87-89.
[6] Los argumentos de Finkelstein y Silberman, op. cit., son muy convincentes.
[7] Notablemente los autores de The Bible Unearthed, capítulo 11.
[8] Esa referencia a Ciro se encuentra en la recopilación de profecías atribuidas a Isaías (45,1), ¡el cual vivió dos siglos antes que el rey de los persas!
[9] Cfr. Pierre Lecoq, Les inscriptions de la Perse achéménide, Gallimard, 1997, p. 181-185.
[10] Cfr. Pierre Briant, Histoire de l’Empire perse, Fayard, 1996, p. 492, y Les inscriptions de la Perse achéménide, op. cit., p. 246-247.
[11] Cfr. mi artículo “Sémiotique de la nourriture dans la Bible”, Annales, ESC, París, julio-agosto 1973. Retomé ese estudio, con complementos, en Vie et mort dans la Bible, 2004, p. 13-29.
[12] Cfr. Thomas S. Kuhn, The structure of scientific revolutions, Chicago, 1962 y 1970; trad. fr. La structure des révolutions scientifiques, Flammarion, 1983. Y Jean Soler, L’Invention du monothéisme, p. 91-93.
[13] La asimilación de las dos divinidades pudo ser facilitada por el hecho de que Ahura Mazda no era representado tampoco bajo formas figurativas.
[14] Cfr. en L’Invention du monothéisme el capítulo “L’effacement de Iahvé“, p.107-110.
[15] Cfr. el capítulo “Des retouches monothéistes“ en L’Invention du monothéisme, p. 99-102.
[16] Vie et Mort dans la Bible, p. 89.
[17] Cfr. principalmente la Tercera Epístola a los Romanos, 29-30.

*Catedrático de Letras. Fue consejero cultural de la embajada de Francia en Israel de 1969 a 1973 y de 1989 a 1993. Colaboró en la Histoire universelle des Juifs, bajo la dirección de Élie Barnavi, Hachette Littératures, 1992. Autor de una trilogía Aux origines du Dieu unique, editorial Fallois, 2002, 2003, 2004.

Texto original en francés: http://www.aroumah.net/agora/soler-01-monotheisme.php

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